Vegas y riberas

Los ríos Jarama, Manzanares y Henares transportan el principal recurso del Parque. El agua que aportan estos cauces ha hecho posible desde hace miles de años la existencia de los bosques de galería, el microclima, la fertilidad histórica de estas tierras. Los ríos, más allá de la variada calidad de sus aguas, son el elemento natural que vertebra todo el territorio del Parque. Sin ellos el Parque no tendría sentido.

Formación

Hace unos 30 millones de años se inició el levantamiento del Sistema Central. Estos movimientos terminaron creando una gran cuenca cerrada y sin salida al mar. Se formaron grandes lagunas que se salinizaron y esos sedimentos crearon una de las rocas actuales más representativas del Parque. Hace “tan sólo” dos millones de años se abrió una salida hacia el Océano Atlántico desarrollándose el actual drenaje de la Región. Uno de estos ríos, el Jarama, creó las condiciones morfológicas para que, sobre un sustrato tan poco agraciado, la vida se asentara y constituyera un fértil valle que atraería asentamientos humanos permanentes.

Sus actuales valores ambientales son tan sólo un pobre reflejo de lo que fueron cuando constituía un complejo y amplio bosque de ribera, que seguía el curso de un río limpio, llanuras de inundación, humedales y praderas. El río constituye una “isla”  por la composición de los materiales de la ribera en relación a los ambientes circundantes (cerros yesíferos). El transporte de materiales de diferente grosor que se han ido sedimentando ha dado lugar a llanuras de inundación organizadas en terrazas, con una alta fertilidad.

Flora

El resultado es un ecosistema peculiar, con sus propios valores biológicos, paisajísticos, microclima, etc. Los sotos de ribera, con una vegetación de hoja caduca, es un auténtico refugio, especialmente en verano, cuando los sotos son el último reducto verde y fresco del paisaje.

Junto al lecho encontramos saucedas, capaces de soportar la acción de las avenidas y el casi permanente estado de inundación de sus raíces. A continuación los álamos, especialmente el álamo blanco (Populus alba), denominado así por el color claro de su corteza del envés de las hojas. A continuación de la alameda se sitúa la fresneda, prioritariamente formada por fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia). Finalmente, en la banda más alejada del cauce, surgirán las olmedas, en las que el olmo o negrillón (Ulmus minor) será la especie dominante.

Junto a las especies arbóreas aparecen multitud de otras plantas leñosas, zarzales (genéro Rubus), majuelos (Crataegus monogyna), rosales silvestres (Rosa canina), tamujo (Securinega tinctoria), entre otros. El taray (Tamarix gallica) cubre las zonas encharcadizas de suelos pobres, de ahí su permanente colonización de parcelas explotadas en la extracción de áridos (zonas de Velilla, puente de la Poveda y San Martín de la Vega).

Los mejores restos de bosques de ribera se pueden contemplar en las riberas del Jarama y Henares, en San Fernando y Mejorada del Campo (Soto de Aldovea), en Rivas Vaciamadrid (juntas del Jarama y Manzanares), en Velilla y en la zona de Titulcia.

Los procesos de transformación

La desaparición de los bosques de galería hasta su casi desaparición tiene que ver fundamentalmente con la permanente (mala) ocupación agrícola de las vegas. El mantenimiento de una franja de bosque ripario junto al cauce, así como los sotos y algunas franjas de arbolado junto a los cultivos, hubiese sido una medida sumamente beneficiosa e inteligente desde todos los puntos de vista, tanto ecológicos como agrarios. La fertilidad de los suelos es posible mantenerla con un grado de cobertura arbórea capaz de rescatar nutrientes profundos, producir humus, humificar el ambiente, sosegar los vientos y albergar hábitat para las aves insectívoras y rapaces que controlan las plagas de insectos, roedores y topillos de los cultivos. Además, los árboles de ribera incrementan la capacidad autodepuradora de las aguas. En definitiva, la conservación y regeneración de las formaciones arbóreas sólo puede tener efectos beneficiosos para el futuro.

La transformación de las vegas data de los primeros asentamientos humanos. Los sotos y vegas se convirtieron en lugares de aprovisionamiento de leña, agua y caza. Más tarde el desarrollo de la agricultura, que todavía usa profusamente los fértiles suelos ribereños (maíz, patatas, patatas, espárragos, frutales…) regados merced a un complejo sistema de canales (por el que a veces circulan aguas poco adecuadas para este fin), y la ganadería, aceleraron más aun estas modificaciones. A partir de los recientes años sesenta se introdujeron las explotaciones de áridos, las ocupaciones de las llanuras de inundación por construcciones e infraestructuras.

Fauna

En los restos maltrechos de ríos y sotos sobreviven a duras penas numerosas especies animales, que encuentran en las marañas y enramadas refugio para criar y reproducirse, un excelente hábitat de alimentación y un microclima más templado en el que encarar los fríos del invierno. Las riberas y encharcamientos, los brazos abandonados y los remansos, constituyen los emplazamientos ideales para algunos invertebrados, peces, anfibios y reptiles, si bien la mala calidad del agua impide una mayor diversidad.

De las especies originales de peces (barbo común, boga, bermejuela, tenca, anguila, incluso trucha), hoy sólo quedan restos dispersos de barbo y boga. En su lugar han aparecido especies foráneas, introducidas irresponsablemente por el hombre como el lucio, black-bass, percasol, pez-gato. Todos sobreviven en los humedales, mientras los ríos albergan algunas poblaciones de carpa y pez-gato.

En ausencia de grandes mamíferos –salvo esporádicas apariciones de jabalíes (Sus scrofa) –y algunas citas de nutria en la zona norte del parque, son las aves junto con los reptiles y anfibios, los vertebrados más característicos de los sotos. Las culebras de escalera y bastarda, el lagarto celado o la lagartija ibérica (Podarcis hispanica) tienen una amplia distribución en la zona, las orillas y zonas encharcables son el lugar predilecto del galápago leproso (Mauremys caspica) y la culebra viperina (Natrix maura), entre los anfibios destacan el sapo común (Bufo bufo) y el pequeño sapo corredor (Bufo calamita).

Las especies de aves están representadas por una diversidad realmente notable. Destacan las poblaciones de pequeños paseriformes: ruiseñores comunes (Luscinia megarhynchos), carboneros (Parus major), tordales (Acrocephalus arundinaceus), gorriones molineros (Passer montanus), estoninos negros (Esturnus unicolor), lavanderas blancas (Motacilla alba), mirlos (Turdus merula)…

En los taludes arenosos del cauce excavan sus colonias de nidos subterráneos los multicolores abejarucos (Merops apiaster) y aviones zapadores (Riparia riparia), aves estivales e insectívoras que viven cerca de otro colorido inquilino del río: el martín pescador (Alcedo athis). Las conocidas abubillas (Upupa epops) y el pito real (Picus viridis), que es el responsable de muchos de los agujeros circulares que presentan chopos y otros árboles ribereños, así como la ubicua y resistente polla de agua (Gallinula chloropus), se cuentan también entre los más abundantes y reputados habitantes alados del soto. Menos frecuente, aunque también amante de las espesuras ribereñas, es el minúsculo autillo (Otus scops) un búho en miniatura de hábitos trogloditas y dieta preferentemente insectívora.

Utilizan también las riberas infinidad de aves de todos los tamaños, entre las más llamativas destacan las cigüeñas blancas (Ciconia ciconia), quienes usan las riberas tanto para cazar como para instalar sus voluminosos nidos en las ramas de los árboles. También diferentes especies de garzas, entre las que destacan por su porte la garza real (Ardea cinerea), invernante por estos pagos, y a otras de menor porte como la garcilla bueyereas (Bubulcus ibis) y martinetes (Nycticorax nycticorax), que ubican sus colonias de cría en sotos apartados y tranquilos.

Entre los tocones y restos vegetales en descomposición hay un paraíso para los entomólogos. Cientos de mariposas diurnas y nocturnas, escarabajos de toda índole y condición, avispas, chinches, moscas libélulas… y miríadas de minúsculos invertebrados dentritívoros y descomponedores, completan el biotopo más productivo del Parque y el más amenazado.

Para acceder al inventario sistemático de fauna del parque, pulsa aquí.

Problemas y amenazas

La contaminación de las aguas de los ríos es el impacto más evidente, aunque no el único (ver agresiones a los ríos pulsando aquí). A pesar de la mejora progresiva de estos cauces, especialmente evidente en el Henares, las aguas de los ríos del Parque Regional del Sureste están fuertemente contaminadas no siendo aptas para ningún uso. Las causas y focos de esta contaminación hay que buscarlas muchas veces fuera de los límites del espacio protegido. El río Manzanares recoge los vertidos de cerca de seis millones de madrileños, el Jarama se convierte en una auténtica cloaca especialmente a partir de los vertidos ilegales que recibe desde los polígonos industriales de Belvis, Paracuellos y el propio aeropuerto de Barajas.

Si la baja calidad de las aguas que transitan por los cauces es un grave problema, la pésima gestión de los caudales, por parte de la Confederación Hidrográfica del Tajo y el Canal de Isabel II, es un evidente atentado ambiental y un factor añadido de riesgo sanitario. Ya se ha convertido en habitual que se deseque el cauce en las zonas altas del Jarama (tramos de Torremocha y Patones) como consecuencia del bombeo salvaje del acuífero para aportar agua al Canal de Isabel II. Durante esos períodos el agua circulante por el Parque del Sureste procede en su mayor parte de las depuradoras y vertidos que se hacen directamente al río.

La ocupación de zonas de dominio público hidráulico y la destrucción de su bosque de ribera son fenómenos muy extendidos en las márgenes cercanas a San Fernando, San Martín de la Vega y Mejorada del Campo, provocando una fuerte erosión y facilitando episodios de desbordamiento del río cuando  los responsables  de la Presa del Atazar deciden desembalses masivos.

Las Administraciones encargadas de proteger y recuperar el río son, en ocasiones, su peor enemigo. Baste como ejemplo el proyecto de canalización del río Jarama (entre Patones y Aranjuez) que en 1994 intentó poner en marcha la Confederación Hidrográfica del Tajo.  Un proyecto afortunadamente “congelado” una vez que fue puesto en evidencia por los grupos de defensa ambiental.
Bibliografía consultada:

  • Consejería de Medio Ambiente (1999) EL PARQUE REGIONAL DEL SURESTE.
  • Martínez Alvarez, Jesús Roman y otros (1991). LA COMARCA DEL JARAMA-HENARES, AL NATURAL. Editado por el Ayuntamiento de San Fernando de Henares.
  • Varios (1998). PARQUE REGIONAL DEL SURESTE DE LA COMUNIDAD DE MADRID. Editado por Amigos de la Tierra y la Asociación Ecologista del Jarama “El Soto”.

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