La utilización de sustancias químicas en la agricultura como defensa ante las agresiones producidas por las plagas se remonta a mediados del siglo XIX. Los desastres producidos por el «mildeu» de la patata en Europa (1845-1848), el «oidio» en los viñedos de Francia e Italia (1850) y el ataque de la Filoxera (viteus vitifolii) a las viñas francesas (1860) promovieron la utilización de productos como el azufre, el cobre y varios compuestos derivados del arsénico.

Hasta 1940 la defensa vegetal se hacía empleando métodos mecánicos y los productos químicos usados eran pocos y muy tóxicos.

En la década de los años 40, con el descubrimiento de las propiedades insecticidas del DDT, de las posibilidades ofrecidas por las pseudo-hormonas como herbicidas y la utilización de los ácidos 2,4-D y MCPA se produce un avance espectacular en el diseño y utilización de los productos agroquímicos como parte de la llamada «revolución verde». Bajo este apelativo se encuentra una profunda transformación del modelo agrícola tradicional a escala planetaria con enormes consecuencias sociales, sanitarias y ecológicas que se expresaron en toda su extensión y con toda su gravedad muchos años después.

En 1962 aparece el libro «Primavera silenciosa» y la opinión pública internacional comenzó a considerar al DDT como un peligro para la humanidad. En el año 1969, la Conferencia Internacional de Estocolmo recomendó la sustitución de los insecticidas organo-clorados por principios menos persistentes en los organismos vivos y en el medio ambiente. Los grupos de compuestos organo-fosforados y carbonatados inundaron el mer­cado durante la década de los años 70. En la actualidad hay ya muy pocas formula­ciones de esta familia pues desde la obtención en 1974 de la primera piretrina sintética fotoestable, la investigación y la fabricación se ha centrado en estos pro­ductos que siguen teniendo gran toxici­dad y graves consecuencias para la salud y el medio ambiente.

A pesar del extendido uso de los pesticidas en el mundo, en la actualidad cada vez son más importantes los sectores sociales que cuestionan la utilización y la utilidad de estas sustancias. En efecto, diseñadas para matar a los competidores del cultivo (animales o plantas) envenenan también a otros organismos vivos, se filtran en el suelo y contaminan las aguas, tanto superficiales como subterráneas y llegan al ser humano a través de los alimentos. Su rastro es persistente, la vida activa de algunos compuestos se estima entre 50 y 100 años y, acumulándose en los tejidos y órganos de los seres vivos, crean graves distorsiones en el sistema endocrino, produciendo graves efectos en nuestro sistema inmunitario, nervioso y reproductor.

Recientemente, la opinión pública ha vuelto a conmocionarse con las investigaciones de un grupo de reconocidos científicos sobre los efectos hormonales de diversos compuestos sintéticos, entre ellos los plaguicidas, publicadas en un libro con un revelador título: «Nuestro futuro robado».

Por el contrario, las plagas gozan de excelente salud. Los pesticidas estimulan su capacidad de mutación para adaptarse al tiempo que sus enemigos naturales como insectos y pájaros, mucho más lentos en adaptarse, sucumben. En 1965 estaban censadas por la FAO 182 plagas, en 1977 fueron 364. En la actualidad se considera que más de 500 especies de insectos, 100 tipos de hongos y 50 familias de plantas adventicias son extremadamente resistentes a los plaguicidas.

Además, su eficacia económica también es cuestionada. En EE.UU aunque el uso de plaguicidas se ha multiplicado por 11 desde finales de 1940, las perdidas en las cosechas causadas por las plagas han aumentado de un 7% a un 13%.

Las investigaciones para sustituir los compuestos agroquímicos por otros métodos alternativos que permitan el control de las plagas, no afecten al medio ambiente, no dañen la salud de los trabajadores y no dejen residuos en los alimentos que consumimos, van por diversos caminos, desde el empleo de la ingeniería genética, sobre la que existen serias prevenciones, hasta la vuelta a la agricul­tura tradicional.

Existen aun razones que sustentan la pervivencia de una cultura y unas prácticas agrícolas que propician el uso de pesticidas. El proyecto SAT-Pesticidas pretende empujar en la dirección del cambio necesario de estas ideas y costumbres y mientras se produce colaborar para que la utilización de estos productos entrañe el menor riesgo posible para las personas y para el medio natural. 


Esta página ha sido actualizada el viernes, 30 de noviembre de 2001